martes, 24 de marzo de 2009

Cultura y política en el peronismo

Autor: Alejandro Horowicz
Fuente: Periódico Miradas al Sur - 23/03/2009

El primer gobierno de perón quedó fatalmente ligado a la consigna “alpargatas sí, libros no” a la hora de la relación entre cultura, vida universitaria y militancia política. la resistencia, básicamente sindical, tampoco incorporó a los sectores medios intelectuales al peronismo. Tuvo que llegar el auge de luchas estudiantiles y obreras contra la dictadura de onganía para que nuevas fuerzas fusionaran lo que hasta entonces era la dicotomía entre lo popular y lo revolucionario.

Un debate en sordina recorre la prensa: ¿Marechal es un proscripto intelectual por su militancia peronista? La pregunta no está bien formulada. La suerte de un militante está dada por la de la organización a la que pertenece. La visibilidad pública de un intelectual, en última instancia, depende de la visibilidad de su obra. Y la visibilidad de la obra de vanguardia –en este caso, el Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal– depende de su relación con los instrumentos de política cultural de masas.

Para que se abra paso más allá de su área de influencia directa, para que el esfuerzo que demanda su lectura se efectivice, debe resultar suficientemente prestigiosa. De no ser así el puente no está tendido, o está en manos hostiles a la producción de vanguardia; entonces, la visibilidad depende de un combate por librar; mientras tanto peligra, o directamente no existe. Por eso Marechal dedicó su novela a sus “camaradas martinfierristas, vivos y muertos”, porque sólo en ese horizonte resultaba visible, ahí estaba su público en 1948.

Primer movimiento. El primer gobierno del general Perón no construyó ningún puente entre la vanguardia estética y la cultura de masas. Ni siquiera intentó establecer vínculos adecuados entre la tradición universitaria popular –la Reforma del ’18– y los nuevos contingentes de estudiantes. Para el peronismo la universidad era un territorio “enemigo” que nunca se propuso disputar mediante el debate de ideas. Trató de domeñar la institución con medidas administrativas –la nueva ley universitaria transformaba al rector y a los decanos en funcionarios del Poder Ejecutivo– e instrumentos de control –certificados de buena conducta, monografías obligatorias sobre la tercera posición– y obtuvo la mala voluntad militante de los universitarios. Todos los instrumentos del cogobierno estudiantil docente fueron desconocidos, por tanto las banderas de la reforma quedaron en manos de la oposición. Para ese peronismo la cultura nunca fue más que educación pública con un tope: la Iglesia Católica. Si bien hizo gestos –el primer Congreso de Filosofía–, todo lo que la Iglesia rechazaba –el psicoanálisis, la sociología, el marxismo, el existencialismo, la sexualidad, etcétera– no tuvo lugar en la agenda oficial. Esa fue la primera derrota del primer peronismo: una conceptualización en que la renovación de la cultura jamás tuvo sentido estratégico.

Entonces, hacer política en la Universidad era causal de exoneración, y a los profesores que no renunciaron –como Raúl Prebisch– se los terminó echando, por sus diferencias con el oficialismo. La idea de cátedra paralela, o de visiones encontradas sobre un mismo problema, resultaban heréticas. El costo de una política tan estrecha para el movimiento popular fue enorme, hasta el Cordobazo –mayo de 1969– la relación entre el movimiento obrero y el estudiantado fue de mutua y total desconfianza. La alianza del peronismo con la Iglesia Católica puso a los peores elementos de ese origen –los famosos piantavotos de Felipe II, como irónicamente los denominara Perón– en la conducción del aparato cultural. El propio Marechal formó parte de ese funcionariado. El resultado no se hizo esperar: hasta los segmentos liberales del catolicismo, por ese entonces ligados a la revista Criterio, pasaron a la oposición. El primer peronismo fue el de “alpargatas sí, libros no”. Y en esa situación lo encontró la Libertadora en 1955.

Segundo movimiento. El segundo peronismo, el de la resistencia, si algo no tuvo fue una relación con el bullente movimiento cultural de su tiempo. Para los sindicatos, para su dirección, la cultura era una secretaría que casi nunca significaba algo. El único contacto con un universo menos chato provino de la política de alianzas; las 62 Organizaciones –dirección política del movimiento obrero– contuvieron en su mejor momento a comunistas y sectores trotskistas. Para ninguna de ambas corrientes Marechal tenía visibilidad, ya que carecían de sensibilidad para una política cultural que excediera la literatura doctrinaria.

Mientras tanto, la cultura oficial –la de los grandes diarios– era vapuleada desde distintos frentes. La UBA había incorporado cuatro carreras que sintetizaban la novedad: economía política, sociología, psicología y ciencias de la educación. El bloqueo de la Iglesia había sido neutralizado, las universidades confesionales –donde los chicos de buena familia evitaban el contagio– contrarrestaban el avance de la educación pública. Sin olvidar que la escena musical, plástica, teatral, así como la investigación social, fueron revolucionadas desde el Instituto Di Tella.
El impacto de la Revolución Cubana, a partir de 1959, dio a la literatura latinoamericana visibilidad mundial, y modificó la relación entre los integrantes de la vanguardia estética y la práctica política. Los escritores ya no dependían de los vínculos del grupo Sur –Victoria Ocampo había perdido el monopolio consagratorio– para ser traducidos. El difícil camino de Borges –ser reconocido por Gallimard a instancias de Roger Caillois– quedaba definitivamente atrás.

Tercer movimiento. Con el boom –Julio Cortázar y Primera Plana destituyeron los tés con besamanos en San Isidro, notas en La Nación incluidas–, la tapa de la revista dio a Marechal un rango de visibilidad inaudita. Y el tercer peronismo –constituido al calor de esas influencias– tuvo otra relación con la universidad y con la cultura. Un ejemplo ilustra: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, no surge de una agencia publicitaria, sino de la Facultad de Filosofía y Letras. Era la edad de oro.

La derrota del tercer peronismo a manos de Isabel Martínez de Perón quebró el vínculo. La Triple A y la misión Ivanisevich pusieron las cosas definitivamente en claro: de la cultura se ocupa la policía. El ’76 transformó toda la producción cultural en una actividad sospechosa, ya que los libros eran insignia de una consigna: vamos a cambiar el mundo, pero el mundo no cambió. Y la derrota sepultó el horizonte del ’70, sin incluir por cierto la visibilidad de Marechal.

El cuarto. Con la restauración parlamentaria del ’83, la alta cultura se redujo a la universidad, y la universidad fue cooptada sin demasiada resistencia. El cuarto peronismo desplegado por el presidente Menem dinamitó definitivamente los valores cultura y trabajo. Se limitó a la burla sangrienta –una estampilla con la efigie del Che Guevara– o a la resignificación instrumental de la cultura popular. Después vino el 2001, y los cartoneros, se sabe, no pueden disfrutar las peripecias de Samuel Tesler, máxime cuando los planes Trabajar no les garantizaban siquiera comer con dignidad.

Ahora o tal vez nunca

Autor: Eduardo Aliverti
Fuente: Periódico Página 12 - 23/03/2009


Las siguientes líneas versan sobre un tema que a la mayoría de esta sociedad le importa un pito. Aclarémoslo de entrada, porque de lo contrario habría quienes puedan pensar, con todo derecho, que el periodista perdió relación con la realidad. O por lo menos, con la realidad que le interesa a esa mayoría.

Los factores de ese desinterés son diferentes pero concurrentes. Más a muy pocos que a muchos puede ocurrírseles ubicar en un lugar privilegiado de sus inquietudes cotidianas el punto de quiénes manejan la radio y la televisión. Y si acaso es modificable. Es un tema al que pueden dedicarse quienes tienen resuelto con alguna comodidad las urgencias coyunturales. También es cierto que, para que la cuestión pudiese alcanzar algún nivel de atracción popular o clasemediera (sobre todo esto último), se necesitaría que los medios habilitasen su difusión y debate con el mismo encomio que le dedican a los profundos pensamientos de Susana Giménez, a la batalla de egos entre Riquelme y Maradona o a que sus periodistas circunspectos pongan cara de “qué nos pasa a los argentinos”, sólo por ejemplo. Y, sobre llovido mojado, hay una crisis internacional de la hostia, elecciones adelantadas, ruralistas otra vez de paro y en las rutas, rabinos que comparan a Kirchner con Nerón, curas que convocan a la pena de muerte y, en fin, un clima generalizado de expectativas desfavorables. Por tanto, el intento de someter a discusión pública el proyecto de nueva ley de comunicación audiovisual tiene tanto de loable como de destino dudoso, por fuera de algunos ámbitos muy específicos. Los multimedios, y alguno muy en particular, no quieren saber absolutamente nada de debate alguno porque, aun cuando saliesen airosos en los números parlamentarios, el sólo hecho de abrir un cotejo de ideas dejaría desnudos sus intereses corporativos. Algunos obrarán ninguneando y otros, como ya ocurrió esta semana, saldrán con los tapones de punta a decir que se trata de amordazar a la prensa y/o que, en todo caso, el momento de crispación que se vive no es lo más adecuado para discutir qué se hace con la radio y la televisión. Nadie saldrá a decirles que hace 25 años que “no es el momento”, y si sale lo ignorarán. La batalla, entonces, se dirimirá en el Congreso si es que la propuesta aterriza allí, con el enorme riesgo de que tanto legislador sensible a los generosos aportes críticos de los medios independientes termine tumbando la ley. Si en la reyerta por la 125 jugó la especulación de con qué cara volverían a sus ciudades y pueblos en caso de no acompañar al “campo”, imaginemos el frío que les correrá por la espalda de sólo pensar lo que les espera si votan en contra del interés de los emporios mediáticos. En síntesis, se sale con dos o tres goles abajo, desde el vestuario, por la enormidad de una correlación de fuerzas desfavorable, en la que se conjugan el poder de una prensa virtualmente monopólica con la flaquísima percepción social acerca de que los medios de masas son decisivos en la determinación de cómo se vive, de qué se consume, de cómo se piensa, de qué se actúa. Y todo esto, sin contar siquiera como hipotético que el oficialismo, más allá de que la propuesta está muy bien elaborada, no esté dispuesto a que la ley pueda ser usada como prenda de cambio para favores electorales.

Bajo semejante panorama hay dos probabilidades: taparse con la frazada de la cabeza a los pies porque no se advierten chances objetivas de continuar avanzando, o dar la pelea en la seguridad de que merece ser dada, porque los medios son una herramienta estratégica de cualquier construcción política que se precie de tal. El firmante no comparte que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Se lucha y se pierde tranquilamente. Pero es irrebatible que nunca se gana si jamás se lucha, y ésta es una lid que se justifica. Sería espantoso que los kioscos narcisistas de la progresía política e intelectual le sacasen el cuerpo a que, tras un cuarto de siglo, pueda derrotarse a la ley que los milicos y sus amanuenses civiles (es al revés, en realidad) nos dejaron como rémora casi invicta, como no sea por modificaciones que encima sirvieron para profundizar sus negociados de comunicación concentrada. Sería lamentable que la izquierda no comprendiese como tácticamente imprescindible el consolidar un campo de acción mucho mejor que el actual, para desarrollar un crecimiento concreto a través del manejo mediático. Sería imperdonable seguir recluidos en divagues retóricos, a la espera de la revolución proletaria universal, en lugar de aprovechar para ocupar lugares. Sería todo eso porque ratificaría que la vocación de poder se acaba en proyectos personalistas, y en acaparamiento de tribus de centros de estudiantes de la facultad, y en dar conferencias. Sería todo eso porque avalaría que lo progre y lo rebelde no sabría qué hacer con medios de comunicación propios y afines, por falta de capacitación pero, antes, por ausencia de claridad conceptual.

¿Qué carajo puede cuestionársele, con honestidad ideológica, a que dos tercios del espectro de radio y televisión puedan quedar en manos del sector público, de organizaciones sociales, de universidades, de cooperativas, de sindicatos? ¿Cómo se hace para no estar en contra de que un único permisionario tenga en la misma zona de influencia el diario, la radio, el canal abierto, el canal de cable? ¿Cómo hacemos para oponernos a que haya la posibilidad de que el fútbol no sea un gueto pago manejado por una corporación de atorrantes? ¿Qué decimos? ¿Que no hay que hacerle el juego al kirchnerismo? ¿Y qué cazzo nos tiene que importar el kirchnerismo, que al fin y al cabo no es más que una circunstancia de la disputa interburguesa, si quedan favorecidas condiciones objetivas de ocupación de espacios? Pero más que eso, en lógica de carácter transitivo: ¿entonces le hacemos el juego a Clarín, para ejemplificarlo con alguna cabeza de turco emblemática? ¿Eso vamos a hacer? ¿Vamos a detenernos para siempre en que este mismo gobierno es el que le renovó la licencia televisiva a ese grupo, y el que visteó la fusión de sus empresas de cable, y el que se dio cuenta recién ahora –como la rata en su momento– de que sale muy caro lo barato de comprar medios y periodistas como concepto de política comunicacional? Vamos: se puede reparar en eso para no comer vidrio, pero no paralizarse en eso. Porque quedar paralítico ahí es ser funcional a los intereses del sistema.

Siempre Gramsci, después de todo. Con el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. La inteligencia da, para volver al comienzo, que esto le importa más bien a nadie. Y la voluntad es la inteligencia de que hay que aprovechar. Aun si se pierde, será mejor que haberse dedicado a masturbaciones de sectas y proyectos individualistas.

lunes, 9 de marzo de 2009

Contratos basura en la Ciudad, la vigencia del fraude laboral

Fuente: Periódico Miradas al Sur - 08/03/09
Nota: Por Agustín Alvarez Rey


La deprimida realidad laboral que viven los trabajadores dependientes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se agudiza cada vez más. Lejos de resolver esa situación, la actual gestión replica las mismas lógicas utilizadas por administraciones pasadas y abusa de la legislación vigente con un arma privilegiada: los contratos basura.


Miradas al Sur consultó a varios especialistas acerca de esos acuerdos contractuales. Los calificativos más utilizados en las respuestas fueron “fraudulentos e irregulares”.

Firmando la mentira. “Cuando se verifican circunstancias en las que el contrato de trabajo tiene una duración de dos, tres, cuatro años o más, y esto se lo quiere hacer aparecer como una contratación de trabajo eventual es fraude. El caso típico se da cuando se hace aparecer al trabajador como contratado bajo una figura eventual y resulta que es un contrato de trabajo por tiempo indeterminado, oculto bajo esa figura fraudulenta.

A pesar de estar bajo una figura temporaria de contratación de personal, lo que allí se oculta es el cumplimiento de tareas que hacen a la habitualidad de la actividad de su empleador”, señaló el abogado laboralista Teodoro Sánchez de Bustamante. El actual Gobierno porteño, como muchos en el pasado, hace uso de una serie de modalidades contractuales que tienen como fin evadir la normativa vigente respecto del empleo público, en especial en el ámbito de la estabilidad laboral. “Todos los gobiernos porteños optan por mantener la misma política. A fin de año la gente no sabe si le van a renovar los contratos. Son muchos los compañeros que no lograron la prórroga de sus acuerdos. Nosotros los consideramos despidos”, aseguró el Secretario General Adjunto de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), Rodolfo Arrechea.

Para Sánchez de Bustamante “desde el punto de vista jurídico lo que se quiere hacer es eludir el cumplimiento de las leyes laborales. Además de abaratar costos y más allá de no cumplir con la legislación laboral y previsional. El perjuicio para los trabajadores no sólo es actual, sino también futuro. Actual porque se le niegan los beneficios derivados del derecho del trabajo y futuro porque le están perjudicando el aporte previsional para la jubilación”.

Según datos oficiales, el Estado porteño tiene bajo el régimen de contratos basura a 18.000 trabajadores sobre un total de 50.000 excluyendo a los docentes, un 36 por ciento del personal trabaja “en negro”. Tal como lo establece la Constitución Nacional y la de la Caba en sus artículos 14 bis y 43, respectivamente, el principio general de contratación que debe regir es el de personal de planta permanente, con estabilidad en el empleo. Para evadir la aplicación del principio constitucional de estabilidad en el empleo público, los distintos gobiernos utilizan principalmente dos figuras que precarizan el empleo público: locación de servicios y contratación en relación de dependencia por tiempo determinado.

Dentro de este marco el Estado recurre a cinco figuras: locación de servicios, locación de obra, pasantías (mediante convenios con Universidades), becarios y asistentes técnicos. Al respecto Sánchez de Bustamante explicó: “El Estado recurre a las figuras de contratación no laborales, aquellas en las que el contrato de trabajo se lo hace aparecer como una pasantía educativa o se le hace firmar el contrato por locación de servicios. Todas figuras que lo único que hacen es ocultar un contrato de trabajo por tiempo indeterminado”. Los contratos basura ya se han convertido en mayoría en algunos sectores de la Ciudad. “El sector que más trabajadores precarios tiene es Desarrollo Social; allí, el personal que están bajo este tipo de relación llega al 60 por ciento, pero más allá de los porcentajes la política está instalada en todas la áreas de la Ciudad”, señaló Arrechea.

La situación puesta de manifiesto esta semana con la protesta de los trabajadores de la construcción por la aparente cesación de pago por parte del Estado y que podría acarrear casi mil despidos, aparece como una constante en la gestión que lleva adelante Mauricio Macri. El Ministerio de Espacio Público y Medio Ambiente que conduce Juan Pablo Piccardo es sólo un ejemplo. Desde diciembre de 2007 a esta parte el cuidado del espacio público se privatizó, los empleados de carrera de la Ciudad fueron relegados y las obras que están en plena ejecución comenzaron a sufrir demoras.

Ciudad cerrada. Otro ejemplo es la secretaría de Comunicación de la Ciudad, que depende de Gregorio Centurión, uno de las voces más influyentes en el entorno de Mauricio Macri, de la cual depende el Canal Ciudad Abierta, que no es la excepción. Allí se despidió un 45 por ciento del personal existente entre diciembre de2007 y diciembre 2008. Se subejecutó el presupuesto designado por la Legislatura para el canal durante 2008 por orden expresa de la Secretaría y no se enviaron las partidas designadas para los trabajadores del sector.

Además no se paga el alquiler del edificio donde funciona el canal desde hace un año y la mitad de los empleados tiene contratos precarios. La situación contractual de los trabajadores se repite, con distinta densidad e intensidad, en cada uno de los estamentos que dependen de la Ciudad de Buenos Aires. Con este marco, sin capacidad de endeudamiento y en un año electoral, pese a los slogans, puede empezar a sospecharse que no va a estar bueno Buenos Aires.

A proposito de la nueva Ley de Comunicaciones y el derecho a la información.-

Una narración apocalíptica de la realidad por los medios que resulta funcional al poder económico.
Nota periódistica: Por Luis Lazzaro (Coordinador General del Comfer)

Fuente: Diario Miradas al Sur - 1/03/09


En el imaginario social del día a día, la realidad termina siendo aquella representación que se construye a partir de las herramientas disponibles para designarla. En sociedades altamente atravesadas por sistemas masivos de comunicación, esas herramientas son proporcionadas por un dispositivo complejo y concentrado, que impone su punto de vista aún frente a la experiencia individual empírica. Ese sistema forma parte de la realidad social, a tal punto que interviene en su transformación. Su arte está en hacer creer que sólo cuenta lo que sucede, cuando en verdad es parte del proceso de producción de ella misma.
Es el caso del jubilado que ha recibido 15 aumentos en los últimos 5 años –luego de décadas de congelamiento–, que cuenta con leyes recientemente sancionadas que le aseguran la actualización de sus haberes y que, en muchos casos, cobrará este año sus reclamos judiciales en plata contante y sonante, pero que describe su realidad utilizando el libreto del escenario apocalíptico que ha instalado la narración mediática.
Perspectivas. La ética, la estética y el rigor periodístico de los medios pierden su perspectiva cuando niegan que la construcción del mensaje responde a intereses que no se asumen como sujetos de la información, sino que se ocultan tras la gramática de la enunciación.
Los opinadores de los major media locales se incomodan ante la política nacional frente al FMI y al sistema financiero internacional. Advierten que cuestionar esos intereses resultan actos de soberbia que revelan el aislamiento internacional del gobierno argentino. Pero luego del derrumbe mundial y de que varios países desarrollados coincidieran con el diagnóstico crítico de Cristina Fernández en los foros internacionales, el foco se desplaza hacia la supuesta incoherencia que supondría alguna forma de colaboración de la Argentina con el organismo crediticio internacional. En paralelo opinan que, si no hay tal colaboración, la Argentina será poco creíble ante el mundo.
Como se advierte, la lógica de estos enunciados constituyen una trampa sin salida. Sirven para el desgaste de la gestión gubernamental sugiriendo que los conflictos terminan sólo si se accede a las presiones del poder económico.
Diarios, columnistas y noticieros han adoptado, especialmente desde el triunfo de Cristina Fernández en las urnas, una gramática del menosprecio y la descalificación hacia la política pública –no exenta de misoginia encubierta– que apenas disimula la disputa entre los grupos económicos ganadores del modelo transnacional de los ’90 y una alianza que procura afirmar una mayor capacidad decisoria y distributiva en lo interno. Las reglas y principios que regulan la producción de sentido de las empresas de medios resultantes de las alianzas y fusiones de los ’90 definen un lenguaje en donde el sujeto hablará siempre en nombre de intereses que no se mencionan, el predicado utilizará verbos distorsivos y los adjetivos teñirán todo de sospecha.
Usuarios enfurecidos y estafados de Aerolíneas Argentina fueron hasta no hace mucho el sujeto periodístico de una serie noticiosa que los consideraba víctimas, pero no de una empresa irresponsable sino de la inacción gubernamental. En la Aerolíneas recuperada por el Estado, el sujeto encubierto de la noticia es el grupo español expropiado, que aparecerá en escena a través de diferencias en la relación entre España y la Argentina. No importa que desde el Rey para abajo, pasando por el Presidente y el Parlamento, toda España salude una relación inmejorable con el país. La noticia será el uno por ciento.
Maniobras. Las operaciones verbales y discursivas de los pools mediáticos suelen ofender la inteligencia, pero no hay que menospreciarlas porque modelan la opinión pública.
Esos comunicadores dicen por estos días que: “Ante la falta de acceso al crédito y de dólares que sufrirá la Argentina a lo largo de 2009, el Gobierno ahora apuesta a normalizar la situación de la deuda y recuperar presencia en los mercados”. La reprogramación exitosa de los vencimientos del año y el equilibrio macroeconómico que exhiben las cuentas nacionales serán puestas bajo la alfombra para dejar en la superficie solamente los apuros gubernamentales en un año electoral.Cuando se normalizó el 75 % de la deuda contraída por los beneficiarios de los ’90 se trató de una operación riesgosa que sembró dudas. La operación discursiva atendió al 25 % que quedó afuera del canje de bonos, antes que al hecho histórico de sacar al país del default. En tanto no hubiera acuerdo con al FMI el país sufría un peligroso aislamiento que lo aleja de los circuitos del crédito internacional. Tales opiniones, que sólo representan al pensamiento del propio Fondo, volverán en los próximos días con otros disfraces. Incluso mediante aquellos que, por izquierda, piden ahora un nuevo default para atender al campo.
En realidad, el escaso endeudamiento internacional derivado de un esquema de autonomía resultó ser luego una de las mayores virtudes en los tiempos de la crisis global, cuando las tasas se han disparado a las nubes y el dinero escasea. Pero la virtud no es noticia y los dineros de la publicidad oficial –que no superan el 7 % de los 6,3 mil millones anuales que utiliza el sector privado– son un argumento escaso ante la billetera de las corporaciones. Para convocar al futuro negro que se cierne sobre la Argentina, se citan los estudios de los propios interesados: Wall Street, consultoras y el Instituto Internacional de Finanzas. Los programas del periodismo independiente de la noche están poblados por un elenco estable con una agenda tan previsible como repetida.
Ficciones. La política como arte de gobierno ha desaparecido de la información y sólo permanece como una mala novela de ambiciones personales y apetencias de poder. Sólo se puede hablar de la gestión para descubrir las razones ocultas de cada decisión. Este es el núcleo de la agenda periodística que desenfoca la política pública como tema de análisis. La política (y sus protagonistas) parecen no tener historia. Nadie sabe por qué quebró el país, se contrajeron deudas, se perdió patrimonio público, se malversó la fe ciudadana y se perdió capacidad nacional de decisión. Todo se reduce a un presente permanente y efímero donde existen apenas gestos desesperados de la gestión frente a un futuro amenazante.
Un editorialista de Clarín saludó a mediados de 2008 la existencia de “respuestas por grageas, pero respuestas al fin, sobre la descomunal y enmarañada política de subsidios. La novedad de la última semana fue la decisión de empezar el ajuste de tarifas en los peajes.” Seis meses después otro columnista de la misma empresa dirá que “una parte de los usuarios de luz pagan en estos días los platos rotos de la política de congelamiento de tarifas que impuso el Gobierno durante seis años”.
Es al revés que con Aerolíneas. Se cuestiona la intervención del Estado mediante subsidios porque distorsiona el mercado –impide al privado la cobranza directa de los aumentos–, pero la disminución de esa distorsión es utilizada por el medio para asumir el rol de representante del público y mantener una agenda de confrontación. El editor se presentó primero pidiendo por el sinceramiento de las tarifas y luego como presunto defensor del bolsillo popular.
La serie periodística del campo ha dominado la agenda de debate público desde principios de 2008. Incluso a raíz de la sequía producida por influencia de La Niña, la atención fue dirigida hacia el ataque contra otra herramienta de política pública como las retenciones. Nótese el contrasentido: los más ricos exigen que el Estado los preserve de cualquier contingencia, pero lo hacen en nombre de un liberalismo que condena al fracaso cualquier intervención en el mercado. Las respuestas a los anuncios de gestión están escritas de antemano: son insuficientes, no importa cuáles sean. La foto periodística muestra campos secos con vacas muertas, no los silos repletos con toneladas de cereal guardado para especular con los precios internacionales y la eliminación de retenciones.
Con todo puede ser igual. Las políticas de promoción del consumo y estímulo a la demanda que practica el país –y que replica ahora Estados Unidos– sólo serán destacadas por la falta de heladeras o calefones para abastecer al público.
Con la obra pública y la protección del empleo sucede otro tanto. Los planes para enfrentar la crisis –también adoptados por el presidente Obama– serán otro ejercicio para juntar votos de cara a octubre. Las grandes empresas periodísticas insistirán con su relato: no son políticas, sino cálculos electorales. Este es el punto: la gestión gubernamental no debe exhibir capacidad transformadora ante el poder real. La democracia sólo debe administrar la vanidad personal de los gobernantes. Y los medios están ahí para avisar que no hay gestión; sólo especulación.
Lecturas. Los números demuestran que la región del Mercosur más el resto de América latina configuran un 25 % del comercio internacional de la Argentina, más que el 12,4 de la Unión Europea o del 10, 3 de Estados Unidos. La primacía natural que el país otorga a las relaciones en la región es presentada con sorna por los opinadores contratados. Preocupa si alguno de estos gestos políticos molestará a los poderes transnacionales. El ejercicio regional que las potencias practican a diario en su vecindario del norte es aquí un síntoma de aislamiento.
El Gobierno no puede actuar porque está cercado por la crisis, pero si hace algo sólo lo hará por necesidad o por ambiciones electorales. Ninguna acción será consecuencia de una política, apenas una reacción ante la realidad. Y la realidad, como todos sabemos, es la agenda publicada. Reducido a esta lógica no queda ningún espacio para la gestión. Todo lo que se haga será motivado por especulación electoral. Este es el encuadre que preside la construcción discursiva de un periodismo regido por la pertenencia a una industria que hace de la esfera pública su principal mercancía.
Construcción negativa. El italiano Paolo Virno, docente de Ética de la Comunicación en la Universidad de Calabria, reflexiona en Gramática de la multitud, sobre la borrosa frontera entre el individuo, el ciudadano y la muchedumbre. En idéntico sentido cabría preguntarse sobre los límites reales que separan hoy –como enunciadores– al periodista de la empresa periodística en los tiempos de la industria de la comunicación. “La industria cultural –dice Virno– produce (innova, experimenta) los procedimientos comunicativos que son luego destinados a hacer las veces de medios de producción hasta en los sectores más tradicionales de la economía contemporánea. He allí el papel de la industria de la comunicación, una vez que el post-fordismo se ha afirmado plenamente: industria de los medios de comunicación.”
Esa industria concentrada –a diferencia de las miles de pymes editoriales y de radiodifusión del sector informa todos los días que no hay salida. Que es inútil tratar de cambiar la foto del poder establecido. La astucia de esa construcción negativa es que se realiza desde el supuesto lugar de representar a la gente, invocando muchos de sus problemas reales y censurando toda conquista. De allí al intento de sustitución de la voluntad ciudadana, que en democracia se expresa mediante el voto, existe sólo un paso.-