Fuente: Periódico Miradas al Sur - 23/03/2009
El primer gobierno de perón quedó fatalmente ligado a la consigna “alpargatas sí, libros no” a la hora de la relación entre cultura, vida universitaria y militancia política. la resistencia, básicamente sindical, tampoco incorporó a los sectores medios intelectuales al peronismo. Tuvo que llegar el auge de luchas estudiantiles y obreras contra la dictadura de onganía para que nuevas fuerzas fusionaran lo que hasta entonces era la dicotomía entre lo popular y lo revolucionario.
Un debate en sordina recorre la prensa: ¿Marechal es un proscripto intelectual por su militancia peronista? La pregunta no está bien formulada. La suerte de un militante está dada por la de la organización a la que pertenece. La visibilidad pública de un intelectual, en última instancia, depende de la visibilidad de su obra. Y la visibilidad de la obra de vanguardia –en este caso, el Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal– depende de su relación con los instrumentos de política cultural de masas.
Para que se abra paso más allá de su área de influencia directa, para que el esfuerzo que demanda su lectura se efectivice, debe resultar suficientemente prestigiosa. De no ser así el puente no está tendido, o está en manos hostiles a la producción de vanguardia; entonces, la visibilidad depende de un combate por librar; mientras tanto peligra, o directamente no existe. Por eso Marechal dedicó su novela a sus “camaradas martinfierristas, vivos y muertos”, porque sólo en ese horizonte resultaba visible, ahí estaba su público en 1948.
Primer movimiento. El primer gobierno del general Perón no construyó ningún puente entre la vanguardia estética y la cultura de masas. Ni siquiera intentó establecer vínculos adecuados entre la tradición universitaria popular –la Reforma del ’18– y los nuevos contingentes de estudiantes. Para el peronismo la universidad era un territorio “enemigo” que nunca se propuso disputar mediante el debate de ideas. Trató de domeñar la institución con medidas administrativas –la nueva ley universitaria transformaba al rector y a los decanos en funcionarios del Poder Ejecutivo– e instrumentos de control –certificados de buena conducta, monografías obligatorias sobre la tercera posición– y obtuvo la mala voluntad militante de los universitarios. Todos los instrumentos del cogobierno estudiantil docente fueron desconocidos, por tanto las banderas de la reforma quedaron en manos de la oposición. Para ese peronismo la cultura nunca fue más que educación pública con un tope: la Iglesia Católica. Si bien hizo gestos –el primer Congreso de Filosofía–, todo lo que la Iglesia rechazaba –el psicoanálisis, la sociología, el marxismo, el existencialismo, la sexualidad, etcétera– no tuvo lugar en la agenda oficial. Esa fue la primera derrota del primer peronismo: una conceptualización en que la renovación de la cultura jamás tuvo sentido estratégico.
Entonces, hacer política en la Universidad era causal de exoneración, y a los profesores que no renunciaron –como Raúl Prebisch– se los terminó echando, por sus diferencias con el oficialismo. La idea de cátedra paralela, o de visiones encontradas sobre un mismo problema, resultaban heréticas. El costo de una política tan estrecha para el movimiento popular fue enorme, hasta el Cordobazo –mayo de 1969– la relación entre el movimiento obrero y el estudiantado fue de mutua y total desconfianza. La alianza del peronismo con la Iglesia Católica puso a los peores elementos de ese origen –los famosos piantavotos de Felipe II, como irónicamente los denominara Perón– en la conducción del aparato cultural. El propio Marechal formó parte de ese funcionariado. El resultado no se hizo esperar: hasta los segmentos liberales del catolicismo, por ese entonces ligados a la revista Criterio, pasaron a la oposición. El primer peronismo fue el de “alpargatas sí, libros no”. Y en esa situación lo encontró la Libertadora en 1955.
Segundo movimiento. El segundo peronismo, el de la resistencia, si algo no tuvo fue una relación con el bullente movimiento cultural de su tiempo. Para los sindicatos, para su dirección, la cultura era una secretaría que casi nunca significaba algo. El único contacto con un universo menos chato provino de la política de alianzas; las 62 Organizaciones –dirección política del movimiento obrero– contuvieron en su mejor momento a comunistas y sectores trotskistas. Para ninguna de ambas corrientes Marechal tenía visibilidad, ya que carecían de sensibilidad para una política cultural que excediera la literatura doctrinaria.
Mientras tanto, la cultura oficial –la de los grandes diarios– era vapuleada desde distintos frentes. La UBA había incorporado cuatro carreras que sintetizaban la novedad: economía política, sociología, psicología y ciencias de la educación. El bloqueo de la Iglesia había sido neutralizado, las universidades confesionales –donde los chicos de buena familia evitaban el contagio– contrarrestaban el avance de la educación pública. Sin olvidar que la escena musical, plástica, teatral, así como la investigación social, fueron revolucionadas desde el Instituto Di Tella.
El impacto de la Revolución Cubana, a partir de 1959, dio a la literatura latinoamericana visibilidad mundial, y modificó la relación entre los integrantes de la vanguardia estética y la práctica política. Los escritores ya no dependían de los vínculos del grupo Sur –Victoria Ocampo había perdido el monopolio consagratorio– para ser traducidos. El difícil camino de Borges –ser reconocido por Gallimard a instancias de Roger Caillois– quedaba definitivamente atrás.
Tercer movimiento. Con el boom –Julio Cortázar y Primera Plana destituyeron los tés con besamanos en San Isidro, notas en La Nación incluidas–, la tapa de la revista dio a Marechal un rango de visibilidad inaudita. Y el tercer peronismo –constituido al calor de esas influencias– tuvo otra relación con la universidad y con la cultura. Un ejemplo ilustra: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, no surge de una agencia publicitaria, sino de la Facultad de Filosofía y Letras. Era la edad de oro.
La derrota del tercer peronismo a manos de Isabel Martínez de Perón quebró el vínculo. La Triple A y la misión Ivanisevich pusieron las cosas definitivamente en claro: de la cultura se ocupa la policía. El ’76 transformó toda la producción cultural en una actividad sospechosa, ya que los libros eran insignia de una consigna: vamos a cambiar el mundo, pero el mundo no cambió. Y la derrota sepultó el horizonte del ’70, sin incluir por cierto la visibilidad de Marechal.
El cuarto. Con la restauración parlamentaria del ’83, la alta cultura se redujo a la universidad, y la universidad fue cooptada sin demasiada resistencia. El cuarto peronismo desplegado por el presidente Menem dinamitó definitivamente los valores cultura y trabajo. Se limitó a la burla sangrienta –una estampilla con la efigie del Che Guevara– o a la resignificación instrumental de la cultura popular. Después vino el 2001, y los cartoneros, se sabe, no pueden disfrutar las peripecias de Samuel Tesler, máxime cuando los planes Trabajar no les garantizaban siquiera comer con dignidad.

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